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Asociación Probeatificación Madre María Teresa Aycinena

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Folletos Diario

Cuadernillo quinto

Folleto 164
Vida de la Reverenda Madre
María Teresa de la Santísima Trinidad
Aycinena Piñol

La que escribió por mandato de su Confesor,
el Reverendo Padre Fray Anselmo Ortiz.

Después de estas mercedes tan subidas que recibe la mariposilla del alma en la oración, torna ella al cuerpo como a una cárcel tenebrosa, y en nada, nada de esta vida encuentra reposo.

Siempre está volando y no tiene descanso y si alguno halla, es en los trabajos, en el padecer con grandeza, en abrazarse con la cruz de Jesucristo.

Desea la muerte con ansias, no por evitar el padecer; sino por estar segura de no ofender a quien tanto ama. Desea también la vida, si con ella le ha de dar gloria a su amado.

No quiere, ni apetece el alma otra cosa que padecer o morir: o padecer o morir, como decía mi Santa Madre. Hasta que el Señor tornaba a hacerme estas mercedes en la oración, hallaba mi alma descanso y reposo. No quisiera ella jamás salir de este palacio de delicias, mas por cumplir la voluntad de su amado procura conformarse con la vida.

Queda el cuerpo después de estos regalos del espíritu como descoyuntado, con dolores de cansancio y en suma debilidad, y a veces dura días.

En la Misa y Oficio Divino también me hacía el Señor estas mercedes, y el mismo gozo o tormento que sentía en el espíritu me hacía padecer un tormento muy grande, porque el reprimirme por las monjas que estaban en el Coro, me causaba un dolor muy grande en el pulmón, de la cintura hasta la cabeza.

Era dolor extraordinario, y las costillas y el pecho sentía se me levantaban y querían abrirse para que saliera el ímpetu del espíritu. Desde el corazón hasta la garganta, era una palpitación y aleteo como de una paloma. Este aleteo que le digo a Vuestra Paternidad, es muy distinto de lo que se siente con la pulsación de enfermedad.

Quisiera yo tener un poco de memoria para acordarme de lo que he leído de mi Santa Madre, para explicarle bien a Vuestra Paternidad lo que ha pasado por esta alma. Pero estoy en suma perdición de cabeza, y lo que le he puesto de mi gloriosa Madre ha sido voluntad de Dios, porque estando algunas veces muy ruda y queriéndole decir a Vuestra Paternidad lo que en mi entendimiento está claro, he abierto el libro de mi gloriosa Madre y me ha salido lo mismo que le deseaba explicar a Vuestra Paternidad.

Incontables son los beneficios que me hizo Dios en los primero cuatro años de Religión. No había vez que mirara al Santo Crucifijo del Coro que no sintiera en mi corazón una singular merced. Parece se inflamaba mi corazón y se le daban alas para que se encumbrase y metiese en la amorosa llaga de su costado, en donde recibía el alma esfuerzo para padecer muy grandes trabajos por su amor.

De distintas maneras le veían mis ojos muchas veces, y unas como si fuese de carne y hueso y con el sudor de la muerte. Ante esta dolorosa vista de mi alma y de mis ojos de este Divino Señor, se derretía mi corazón.

En el tiempo que rezaba el Oficio Divino, en cada verso de los Salmos parece salía mi alma como una mariposilla a meterse en el agujero de la piedra, y ofrecerle allí a su amado los incendios en que se abrasaba del más puro amor para con El.

¡Qué desasosiego es el que padece esta palomita mientras le dura este destierro!

Cuanto más recibe tanto más desea. Ella se deshace por darle alabanza y gloria al verdadero centro de su amor, y como en esta vida no se le concede el amor perfecto de los bienaventurados y la medida abundante de caridad que a ella se le prepara, este es el motivo porque esta alma no encuentra verdadero reposo, sino es los ratos que Dios la suspende y engolfa en sus grandezas, y este precioso tiempo le parece a ella un momento.

Cuántas veces, Padre mío, estando en el Coro con estos ímpetus de amor de Dios, se me salían las lágrimas a la fuerza de estos gozos y penas y era menester suspender la voz en las divinas alabanzas; sentía se me volaba el espíritu y el cuerpo, y deseaba con las mayores ansias correr a la huerta para dar voces y gemidos que llegasen al Cielo, y que se remediara mi pena, aunque yo no deseaba sanar de esta pena, hasta llegar al descanso eterno de aquel mismo que me causaba esta gloria y pena juntas.

Insensiblemente se me iba debilitando el cuerpo como se aumentaban estos favores, y por eso pienso que no han sido las penitencias la principal causa de mis enfermedades, sino el amor de Dios en que se ha abrasado mi corazón, y las ansias que he padecido por el amado de mi alma me han consumido y enflaquecido el natural.



Continuará

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